Llorando le preguntaba a su madre,
un gitano de desgracia
y bravío.
Era de pena su cara y llanto,
por enero y Cádiz
la bahía congelada.
En lágrimas
se arropaba.
La cara sucia,
madre de ojos secos
como arrugas
en el hielo del tiempo.
Siendo su piel
la más senil,
en su pecho habitaba tristeza.
Y el cabello de plata caída,
haciendo perpétua
la desgracia
recogida.
. . . . .
Cuando se pestañea en el ocaso
y llega dolorido
el hijo: De piedra su cansancio.
Llora y llora ella,
y hasta su reloj
dejó, tirándole de asesinato
sus agujas,
de marcar las horas.
De día y de noche,
lloran, lloran hasta las rocas
levantadas por el jóven.
De día y de noche
a la Luna ni le pide de rezos las súplicas
susurradas.
Lloran, lloran las cabritas
y por fin: Su pastora.
un gitano de desgracia
y bravío.
Era de pena su cara y llanto,
por enero y Cádiz
la bahía congelada.
En lágrimas
se arropaba.
La cara sucia,
madre de ojos secos
como arrugas
en el hielo del tiempo.
Siendo su piel
la más senil,
en su pecho habitaba tristeza.
Y el cabello de plata caída,
haciendo perpétua
la desgracia
recogida.
. . . . .
Cuando se pestañea en el ocaso
y llega dolorido
el hijo: De piedra su cansancio.
Llora y llora ella,
y hasta su reloj
dejó, tirándole de asesinato
sus agujas,
de marcar las horas.
De día y de noche,
lloran, lloran hasta las rocas
levantadas por el jóven.
De día y de noche
a la Luna ni le pide de rezos las súplicas
susurradas.
Lloran, lloran las cabritas
y por fin: Su pastora.
Mil romances en Cádiz.