martes, 29 de septiembre de 2015

Viajar meditando

Me gustaría por un instante, breve pero infinito, ser un árbol; viejo, longevo, centenario.

Te preguntarás tú, ''¿Por qué?''
Respirar tan puramente en lo más hondo, húmedo, recóndito y lúcido de un bosque con búhos en mis rincones, con hojas caídas posadas en mi cintura cubierta de tierra, con insectos en mi raíces profundas donde huracanes nunca han existido, donde ni el seísmo más asesino es capaz de arrancar si quiera una mota de polvo recién nacida de mi piel.
Ni el verdugo más sangriento de la corte más antigua y decrépita con el hacha más afilada tendría el valor de separar mi cabeza de mis hombros...


Lo medito mucho, un viento constante que pueda mecer eternamente las ramas de mi cabeza. Hacer que mi vejez sea todo vida sin que la certeza de los humanos ante la muerte me atormente como los monstruos a los niños.
Sigo, yo; anti-mortal, en mi posición de piernas cruzadas con los ojos cerrados y en un sueño profundo:
Lo medito mucho... Ser parte del milagro, llamarme naturaleza y pertenecer al color verde que depura las almas de los desgraciados; viviendo sin nada. Sin cargas que me hagan quebrarme poco a poco el cráneo y destruyan mis sentimientos, sin que la pena invada mi espíritu cada vez que observo la televisión o la radio:
Todo desesperanza e incertidumbre.
Que cada vez que pulse u botón no aparezca un muñeco de trapo hecho jirones disparando, acribillando a cada persona desconocida detrás de la pantalla con sus palabras vacías llenas de ignorancia.


Odio sus rostros, los de todos, todos ellos, esos seres repugnantes que acaban cada día por gusto y sin él, sin darse cuenta o sabiéndolo con el bombeo de miles y miles de corazones.
Son escoria, perlas podridas sin brillo en los ojos, tan sólo un atisbo de lumbre por los reflejos que origina el Sol.
No saben, no entienden, no quieren. Se sacarían los ojos antes que saber la verdad, se comerían sus propias tripas para enfermar antes de que le diesen la oportunidad de ayudar a otro mismo de su propia especie.
Porque si habláramos de las que no lo son...
Se temen, se da asco unos a otros, se aman tóxicamente y quizás a veces en los rincones escupan a los que lo hagan en paz. Ni esos se salvan, no se salvarían nunca de ser lo que son, han sido y serán, escoria, de ser humano, de haber engendrado horror y pesadumbre.

Nada les mantiene vivos, solamente ven espejismos en sus imaginaciones de fondo inexistente, hueco, ya que la venda puesta les impide saber si eso que habita en sus cerebros es real.
Son estúpidos, caminan ciegos y el tirano aprovecha para ponerles en sus oídos la sinfonía más bella y hablarle de ilusiones obscuras que desembocan en dolor y penuria.

Escoria, escoria, basura...
Somos.
Tenemos dos brazos y dos piernas, llevamos ropas cosidas por la pena y el abuso, llevamos peinados extravagantes, vivimos como reyes y nos quejamos hasta si el agua de nuestros grifos sale demasiado caliente, procreamos la guerra y la maldecimos, tenemos de todo y no tenemos nada.
Sólo ceniza en nuestros hocicos que un día, en nuestra ceguera fue el vino más dulce; hoy convertido en veneno, como todo.


Sólo un instante, por favor...
Algo vivo... Arcilla, barro, madera, gusanos, plumas, garras, una cascada, océanos...
No asfalto, no antenas, nada que me mate...

Sueño ser libre, dormir eternamente y que mi vista se mude a la boca dura sin dientes de un abeto blanco...

No quiero fármacos que intoxiquen los sentidos, no quiero esa pólvora de vuestras narices que sacáis como si tuvierais un resfriado eterno, que con tan sólo mocarte con un pañuelo ya habría suficiente para destruir y hacer arder un continente.



A ti, inexistente esperanza, si algún día en mis manos cayeras, te aseguro que de mi boca jamás la palabra ''fortuna'' saldría, pues es poco y muy puro lo que ansío, nada de oro y diplomas.
Es libertad lo que yo más deseo y lo que perpetuamente escribiría...