Amamantado por los senos de una familia cristiana crecí sin apenas sesera, incluso sin los actos de un niño normal.
De muy al Sur de donde mi sangre procede y no muy al Norte de donde nazco, todos los viajes han sido llaves que añadir al cinturón.
Mis manos nunca cataron callo alguno hasta los 8 años, que en mi tierra era común largar con tu tío al huerto y echarle las manos que hiciera falta, mover la tierra necesaria y alimentar a los animales tanto como ellos pidieran. De esto ha pasado mucho tiempo, ya que ya no veo niños en las calles, y si los encuentro son absorbidos por una pantalla repleta de caricaturas absurdas.
Me crié sin pensamientos, fui toda mi adolescencia un ser inerte incapaz de ser amado, alguien apartado y apestado, alguien que nadie quería por los kilos que cargaba y las desmesuradas lorzas que le acompañaban, aunque sí tuve un amigo, alguien igual que yo; de cráneo hueco y sonrisa infinita.
Mi compañero, el de la cabeza diminuta, dientes desordenados, manos pequeñísimas, pelo corto, cejas pobladas, risa escandalosa, alto como un demonio y alegre como un ignorante.
Compartía conmigo ese vínculo especial que sienten los animales, una simbiosis humana que nos hacía duros.
Compartía conmigo ese vínculo especial que sienten los animales, una simbiosis humana que nos hacía duros.
''Jugábamos'' en las horas libres los dos levantando las faldas a las chicas de los cursos mayores, (siempre sin malicia) y ellas con nosotros. Hoy día creo también; por lástima.
Le pegaban, tanto como a mí, desconozco lo que a él le hacían, ya que de eso era lo único de lo que no hablábamos.
Yo sin embargo si puedo decir que sufrí:
Recuerdo un patio de mi colegio, al salir de la prisión (a la que se le llama clase) hasta mi paraíso (al que se le llama recreo).
Cuatro individuos de mi mismo curso y mismas lecciones me acorralaron en una esquina, en ese maldito momento no había profesores por ningún lado; éstos tiraron mi almuerzo, un donut de chocolate y crema caído al suelo, lleno de tierra, no dejaban de mirarme, se reían, yo estaba callado, evitaba sus ojos y sus dentaduras.
Cuatro individuos de mi mismo curso y mismas lecciones me acorralaron en una esquina, en ese maldito momento no había profesores por ningún lado; éstos tiraron mi almuerzo, un donut de chocolate y crema caído al suelo, lleno de tierra, no dejaban de mirarme, se reían, yo estaba callado, evitaba sus ojos y sus dentaduras.
Fue entonces cuando se les ocurrió al ver mi bollo untado de arena, que me lo comiese, me obligaron a hacerlo y yo no dije nada, asentía y asentía. Sólo tenía 9 años.
Mi viejo amigo nunca me habló de lo que le estaba sucediendo en los patios, pero yo sí sabía lo que era él al llegar a su hogar:
Un despojo, un trapo sucio, escoria, basura, una pelota desparchetada y deshinchada para su padrastro, éste le hizo la vida un infierno muchos años, mi amigo aguantó palizas, vio ver sus juguetes arder, regalados a otros niños, tirados a la basura, aguantó ser violado siendo solamente un chico.
Y yo me quejaba, ¡y yo lloraba y pataleaba como un imbécil por mi situación cuando mi alma gemela era tratada como una cucaracha!
Éramos dos críos, muy amigos y muy unidos, incluso hasta después de la muerte de mi padre (10 años).
Con él, sin estar enamorado ni gustarme las personas de mi mismo género, tuve la primera experiencia sexual sin que después de eso me haya pasado nada más.
Fue un medio día, le invité a comer a mi casa ya que había macarrones con tomate y a los dos nos encantaba. Al acabar de comer nos metimos en la habitación de juegos de mi casa donde teníamos tazos, cartas, muñecos y etcéteras.
No dejamos de utilizar estos aparatos hasta que hubo un momento en el que se nos ocurrió experimentar con nosotros mismos, no sé como sucedió eso. Recuerdo tan solo que después de haber sucedido todo yo lloré una barbaridad, ya que no entendía lo que había hecho... Ni si quiera hicimos algo plenamente sexual, pero aún así creía que tenía un desequilibrio mental, que estaba enfermo...
Hoy día no pienso nada de eso, aunque con esa misma edad haya ido a psicólogos, pienso que fue un acto humano y de amor, sincero y puro.
Este episodio quedó en el olvido de una forma absoluta y lo olvidé por mucho tiempo.
De misteriosa forma, justo antes de pasar a 1º de la ESO (al fallecer mi padre) dejaron de meterse conmigo, yo seguía igual de gordo, no comprendí que ocurrió; quizá fue por la pena que les dí.
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En mi primer año de instituto seguía con el cráneo vacío, nulo de estimulo, a lo mejor es porque me diagnosticaron déficit de atención, no lo sé.
De todo lo sufrido aún me quedaba que vivir, aún servía como saco de boxeo, aún era un ser repugnante. Era tonto, demasiado bueno, mi carácter era el de un koala que prefería dormir antes que llamar la atención para resultar divertido.
Llegué a tener tres buenos amigos, me hizo muy feliz conocerlos, nos reíamos muchísimo, sólo que... Ellos a parte de disfrutar, sacaban buenas notas y no repitieron 1º y 2º como me pasó a mí, los perdí obviamente.
Mi preadolescencia y adolescencia no sólo se centraba en la escuela o instituto, tenía mis verdaderos amigos en mi barrio, en mi parque, aunque hoy día realmente me quede uno de ellos; de los de verdad. Mientras yo tenía 13-14 años él tenía 16-17, me enseñó a disfrutar del fútbol en el asfalto, de las heridas que aquello causaba, de la música como todo el hip hop de los 80 o el reggae de Marley, Tiken Jah Fakoly o Alpha Blondy que me hizo escuchar. También de Skalariak o Ska-P, ¡y de los golpes que nos dábamos intentando imitar a los actores de Smack Down delante de ancianos y ancianas que nos miraban atónitas con un aire de aberración que nos fascinaba!
Y de romper retrovisores de vecinos, pintar fachadas con nuestros graffitis y takers...
Fui feliz, aún con las trifurcas por mi desmesurado torso voluptuoso...
Cumpliendo 16 años, al repetir 2º acabé metido en un curso de mantenimiento en el que el tiempo se aplicaba en limar metales para hacer piezas absurdas; me desplomé del todo, me oscurecí absolutamente, fue la muerte de mi ilusión.
Fueron suficientes motivos para dejar de ir al instituto y aguantar los palos de una madre desesperada que sufría porque quería que su hijo fuera un buen estudiante.
Acabé mutilado psicológicamente, deprimido, en soledad.
Llegué a estar sin salir de mi hogar como dos meses, dos meses sin que Sol y Luna vieran mi rostro, cada vez más pálido, más cenizo, dos meses acostándome a las 6 de la mañana y despertarme al día siguiente a las 15:00...
¿Qué sucedió en este período tan importante de mi vida para acabar escribiendo tantas líneas, tanto que he leído, tanto que he vivido? Comencé a canalizar mis sentimientos mediante poesía y tristeza, las cuales en mi cuerpo se acumularon como suele suceder en los pozos abandonados de los pueblos fantasma que se llenan solamente por el agua de lluvia.
Este suceso es de los más importantes de mi corta vida, al cual agradezco.
Por un milagro salí de él, viajé a Jerez de la Frontera donde me curé de timidez y miedo.
Por un milagro salí de él, viajé a Jerez de la Frontera donde me curé de timidez y miedo.
Mi deconstrucción comienza en este momento donde decido cuestionarme como persona privilegiada, después de tantas sangrías y pérdidas las cuales me hicieron casi de piedra.
Llegó mi hora de explorar y conocerme; estando en Sevilla, donde mis sentidos artísticos crecieron con la fotografía y la pluma, en Madrid, donde gracias a un humorista y a una profesora de literatura agudicé mi lectura y sabiduría, Cádiz... Donde sus carnavales me mantuvieron en un estado de meditación escalofriante, eterna e indolora y Jerez de nuevo, la ciudad en la que desperté por fin después de dos años dormido...
Llegó mi hora de explorar y conocerme; estando en Sevilla, donde mis sentidos artísticos crecieron con la fotografía y la pluma, en Madrid, donde gracias a un humorista y a una profesora de literatura agudicé mi lectura y sabiduría, Cádiz... Donde sus carnavales me mantuvieron en un estado de meditación escalofriante, eterna e indolora y Jerez de nuevo, la ciudad en la que desperté por fin después de dos años dormido...
Comencé el año pasado con 18 años recién cumplidos a sacarme el graduado escolar (que como ya he contado por los cursos repetidos y el inacabado no conseguí):
Lloré muchísimo, ¡imaginaos cuánto!
TENÍA MIEDO, miedo a encontrarme con personas de mi edad, miedo de volver a sentir los desprecios que tanto me helaron...
Pero triunfé, acabé el primer curso con unas notas que nunca tuve, ochos y nueves, ¡incluso en verano!, volví a mi lugar natal donde tanto sangré para (sin darme cuenta) recuperar a mis amistades, con las cuales se me hicieron las vacaciones más curiosas (y felices) de mi existencia, ¡me enamoré incluso! (fracasando obviamente) pero eso no fue lo suficiente para derribar las caminatas con mi mejor amiga, los días de piscina, las tardes en el parque más oscuro del barrio... Aprendí mucho, ¡tantísimo que me hubiese podido explotar pecho y corazón!
Al acabar el verano, yo volví a Andalucía, para seguir con mi último año de clase, (el cual hoy estoy ejecutando, con 19 años).
En todos estos tempranos años que tan rápidos han transcurrido, mi cerebro ha sucumbido a la soledad, al nihilismo, al marxismo, a la crueldad, a defender la memoria de una momia rusa, al arte en la pintura, en el robo de libros ya sea de poesía, teatro o novela, a la lectura compulsiva de anarquismo, teoría anticarcelaria y transfeminismo, hasta descubrir realmente qué soy.
Por los indicios de criminalidad, mi ser hecho de Verdad, hueso y madera repleta de lunares; con un cuerpo deforme, vistiendo éste una capa de piel atópica.
QUÉ SOY: Nadie, alguien privilegiado, un chaval joven de rostro andrógino, hombre cis y hetero, concienciado con ideas libertarias y en proceso de transición vegana.
Nadie... Nadie que no quiere oprimir, ni ser oprimido.