domingo, 21 de diciembre de 2014
Deber soviético y español.
jueves, 11 de diciembre de 2014
A Miguel.
miércoles, 3 de diciembre de 2014
Rusia, al compañero Stalin
En trenes poseídos de una pasión errante
por el carbón y el hierro que los provoca y mueve,
y en tensos aeroplanos de plumaje tajante
recorro la nación del trabajo y la nieve.
De la extensión de Rusia, de sus tiernas ventanas,
sale una voz profunda de máquinas y manos,
que indica entre mujeres: Aquí están tus hermanas,
y prorrumpe entre hombres: Estos son tus hermanos.
Basta mirar: se cubre de verdad la mirada.
Basta escuchar: retumba la sangre en las orejas.
De cada aliento sale la ardiente bocanada
de tantos corazones unidos por parejas.
Ah, compañero Stalin: de un pueblo de mendigos
has hecho un pueblo de hombres que sacuden la frente,
y la cárcel ahuyentan, y prodigan los trigos,
como a un inmenso esfuerzo le cabe: inmensamente.
De unos hombres que apenas a vivir se atrevían
con la boca amarrada y el sueño esclavizado:
de unos cuerpos que andaban, vacilaban, crujían,
una masa de férreo volumen has forjado.
Has forjado una especie de mineral sencillo,
que observa la conducta del metal más valioso,
perfecciona el motor, y señala el martillo,
la hélice, la salud, con un dedo orgulloso.
Polvo para los zares, los reales bandidos:
Rusia nevada de hambre, dolor y cautiverios.
Ayer sus hijos iban a la muerte vencidos,
hoy proclaman la vida y hunden los cementerios.
Ayer iban sus ríos derritiendo los hielos,
quemados por la sangre de los trabajadores.
Hoy descubren industrias, maquinarias, anhelos,
y cantan rodeados de fábricas y flores.
Y los ancianos lentos que llevan una huella
de zar sobre sus hombros, interrumpen el paso,
por desplumar alegres su alta barba de estrella
ante el fulgor que remoza su ocaso.
Las chozas se convierten en casas de granito.
El corazón se queda desnudo entre verdades.
Y como una visión real de lo inaudito,
brotan sobre la nada bandadas de ciudades.
La juventud de Rusia se esgrime y se agiganta
como un arma afilada por los rinocerontes.
La metalurgia suena dichosa de garganta,
y vibran los martillos de pie sobre los montes.
Con las inagotables vacas de oro yacente
que ordeñan los mineros de los montes Urales,
Rusia edifica un mundo feliz y trasparente
para los hombres llenos de impulsos fraternales.
Hoy que contra mi patria clavan sus bayonetas
legiones malparidas por una torpe entraña,
los girasoles rusos, como ciegos planetas,
hacen girar su rostro de rayos hacia España.
Aquí está Rusia entera vestida de soldado,
protegiendo a los niños que anhela la trilita
de Italia y de Alemania bajo el sueño sagrado,
y que del vientre mismo de la madre los quita.
Dormitorios de niños españoles: zarpazos
de inocencia que arrojan de Madrid, de Valencia,
a Mussolini, a Hitler, los dos mariconazos,
la vida que destruyen manchados de inocencia.
Frágiles dormitorios al sol de la luz clara,
sangrienta de repente y erizada de astillas.
¡Si tanto dormitorio deshecho se arrojara
sobre las dos cabezas y las cuatro mejillas!
Se arrojará, me advierte desde su tumba viva
Lenin, con pie de mármol y voz de bronce quieto,
mientras contempla inmóvil el agua constructiva
que fluye en forma humana detrás de su esqueleto.
Rusia y España, unidas como fuerzas hermanas,
fuerza serán que cierre las fauces de la guerra.
Y sólo se verá tractores y manzanas,
panes y juventud sobre la tierra.
lunes, 19 de mayo de 2014
La pastora y su hijo.
un gitano de desgracia
y bravío.
Era de pena su cara y llanto,
por enero y Cádiz
la bahía congelada.
En lágrimas
se arropaba.
La cara sucia,
madre de ojos secos
como arrugas
en el hielo del tiempo.
Siendo su piel
la más senil,
en su pecho habitaba tristeza.
Y el cabello de plata caída,
haciendo perpétua
la desgracia
recogida.
. . . . .
Cuando se pestañea en el ocaso
y llega dolorido
el hijo: De piedra su cansancio.
Llora y llora ella,
y hasta su reloj
dejó, tirándole de asesinato
sus agujas,
de marcar las horas.
De día y de noche,
lloran, lloran hasta las rocas
levantadas por el jóven.
De día y de noche
a la Luna ni le pide de rezos las súplicas
susurradas.
Lloran, lloran las cabritas
y por fin: Su pastora.
domingo, 2 de marzo de 2014
Muerte, vino y sangre.
La paciencia esta madrugada es un capricho,
las vemos llegar de lejos.
Y notamos como sus cuerpos de acero y fuego rompen a amarnos en nuestros pechos.
Con más llantos que disparos, hoy es cuando más rezamos,
cuando menos rezamos...
Atención a mis camaradas de corazón gigante,
aquí nos separamos.
A ti no sé si te quise...
Pero hoy iré a buscarte.
Os tendré en la memoria mientras viva,
mientras muera.
Mi mujer para ésta noche tendría manjares exquisitos.
Temo que nada se lleve al estómago´
y llore mis besos en la frente
de siempre.
Nuestro cielo es negro, en la noche.
Pero sus estrellas son las más rojas,
y no le tendremos miedo
a la celosa muerte.
El aire huele a sangre,
vivos,
muertos.
Otra vez de madrugada
abrimos una nueva botella de vino
llenos de sangre.
Nos ponemos a pensar todos juntos...
Los pocos que somos,
los pocos que quedamos.
Mientras vivamos.
Y entre tantos recuerdos...
Fuimos nosotros
los locos.
De nuevo y entre carcajadas;
La culpa es del vino...
Disparos y sin ningún miramiento, nos cubrimos.
El fuego nos mantiene firmes,
como vivos...
Igualmente,
igual que nos mata...
Nuestros hijos se proclaman orgullosos;
¡Somos huérfanos de un pare rojo!
Ellos sabían que en las trincheras no se podía jugar...
Que sólo los mayores cobardes,
se tirarían a matar...
Mis niños me dijeron,
tumbados en la cama.
Hambrientos...
''Padre, cuéntenos una historia.''
Quise empezar con que algún día nuestro pueblo sería libre.
Pero no me creyeron.
Y entre sus dos pequeños enfados,
a la mentira...
Los dos
en perfecta armonía,
durmieron.
Mi niña se enfada...
Mi amiga, mi compañera.
Mi clavel, mi rosa.
Mi esposa.
Mi estrella más roja y brillante...
Que no coja el fusil,
y a mí eso me parte el alma.
Pero si no,
¿qué iban a comer?
Las moscas y más la tristeza,
no alimenta.
Mi padre lo decía,
que alimentar,
nada lo hace.
Solo vacía.
Yo que nada más bebo vino y migas de pan.
Que se me quita con sólo ver,
una sonrisa de mis hijos
y la de mi mujer...
Ha pasado mucho tiempo de eso,
y sé con dureza
que jamás los volveré a ver.
Y que el dolor me consuma, ¿qué más podría perder?
Si me estoy apagando en cuerpo y espíritu.
Que por muy ateo que sea,
no dejo de creer.
Que no es que yo rece,
pero sí pienso en nunca perder.
Aunque me disparen en la cabeza,
y nunca deje de llover.
Como me dijo un día no muy lejano mi mare;
''Jomío, tú nunca dejes de crecer.''