Cuántos,
cuántos poemas.
Díganme,
sin tuteo
ni voseo.
Explíquenme
cuántos.
Exclamando y sin preguntar,
gritando, con lágrimas
y sin negar que
con el desazón que escribía
y con el corazón
que vivía
de piedra y bronce, en sus escritos;
En un Oasis de poesía que
de sus letras
emanaba.
Y no, no es que porque lo diga, sienta y lea
sólo yo, no.
Que es con amor
y bochorno
con el que se le recuerda,
y con estos mismos
azúcares
abrazo sus letras
susurrando en Grito,
entre dientes y saliva,
¡Viva el colmo de su cabeza!
Ya de poca sangre, sal
y madeja pero:
Echa el Canto al vuelo,
«¡Vivan los poetas!»
Y entonces otra vez
yo:
Echo mi voz al aire;
¡Viva su calavera de plata y madera hecha!
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