jueves, 17 de enero de 2013

Qué sé yo.

Como ya sabes, o no.
No soy ningún poeta.
Otro más, don nadie diría yo.
No importa si invierno nos hiela con su aire frío, voy a estar yo para darte los pocos abrazos cálidos que me quedan.
Sí, que me quedan.
Yo también me estoy congelando entre diciembre y enero, la sensación de que tus manos se vuelvan rojas, congelando la sangre poco a poco, y tener que meterlas en los bolsillos para volver a sentirlas y sentir el tacto de tus labios en las yemas de mis dedos, acariciándolos.
De alguna manera mi alma sigue perseguida por mí mismo. (Pero yo ni me entero)
Si me vuelvo a caer en el vacío de tus clavículas, no me salves, ni me llames.
Ya te escribiré.
''Qué sé yo del ''saber'', si cuando hay que ser no soy, y de lo poco que sabía del ''ayer'' ya no se me ocurre nada que escribirte hoy, para que me puedas leer.''
Nadie habla del insomnio de nuestros besos a oscuras.
Sólo se quejan de mi resaca por tus miradas mudas, de tus abrazos escritos, de lo que no se puede ver.
Lo escrito se imagina, y que bonito es hacerlo, hacerte el amor en cada línea de una forma delicada.
Como cuando tus manos acarician mi espalda.
Esa delicadeza tuya, la delicadeza que tienen las nubes.
La misma.
Y aunque no sepa quién soy cuando escribo, sé en lo que pienso cuando me besas.
O quizás no, quizás cuando me escribes poesía muda entre en un ligero sueño, un sueño del que no me doy cuenta y me pongo a escribirte yo también.
Seré yo, o tú.
O nuestro subconsciente que ya se conocen pero nunca se han visto.
No me entiendes cuando te digo que tu espalda es poesía.
Es poesía cuando escribo en ella, y de nuevo me leo una y otra vez tu espalda.
Pero guiándome con mi dedo índice, pasándolo por debajo de cada línea escrita.
(Para no perderme)

1 comentario:

  1. Oh, que bonito. Verás como me voy a viciar a leer tu blog todos los días jijijiji.

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