Gea, por Anselm Feuerbach (1875). Fresco del techo de la Academia de Bellas Artes de Viena.
Existe poco de lo que el
habitante de mi cráneo se arrepienta, tal vez de una o dos caídas
por desabrocharme las alas tempranamente, pero no de ti, jamás de
ti.
Mi vergüenza que nunca
ha sido excasa, marchose sin apenas despido: es tu ser mi plenitud
nefelibata la que a los diablos disipa con su sonrisa de bruma y
escarpia, quien besa las motas de polvo y ceniza de Orión y hace
tornar esmeraldas sus riñones... Es en mi herbazal vivo en
Deméteres, donde siglos atrás permaneció el beocio Set y hoy tú
siembras dicha con tu baile y manos hábiles autóctonas, conocidas
de todo tu torso despojado de prendas...
Gea de sangre vestida de
coloradas lencerías de piel, otorga a tu Atlas de anchas espaldas
que lance al vacío su castigo para poder mirarte eternamente, ya que
qué ha de ansiar un gigante poseedor del Todo si no de observar tu
relieve bendito pletóricamente henchido de nácar ocre, que a mi
ansia despierta y tú deseas.
Te veo arder...
¿Eres fuego o es que tan sólo sumergida en una copa de vino tinto permaneces? Tenlo hasta el Fin que es tu seno purpúreo quien aviva mi boca de algodón florido y en rosaledas líquidas convierte al hallarse sajado mi labio -por mis dientes de plata- admirando tu viva escultura...
¿Eres fuego o es que tan sólo sumergida en una copa de vino tinto permaneces? Tenlo hasta el Fin que es tu seno purpúreo quien aviva mi boca de algodón florido y en rosaledas líquidas convierte al hallarse sajado mi labio -por mis dientes de plata- admirando tu viva escultura...
Antes ahogado que apartar
mis ojos: quiero no dejar de mirarte nunca, porque nunca dejaré de
mirarte.
Te miro,
te miro,
te miro...

No hay comentarios:
Publicar un comentario