sábado, 5 de noviembre de 2016

4 de noviembre

Gea, por Anselm Feuerbach (1875). Fresco del techo de la Academia de Bellas Artes de Viena.


Mi vida presurosa, yaces en mí como paz y prestigio, te observo:

Existe poco de lo que el habitante de mi cráneo se arrepienta, tal vez de una o dos caídas por desabrocharme las alas tempranamente, pero no de ti, jamás de ti.

Mi vergüenza que nunca ha sido excasa, marchose sin apenas despido: es tu ser mi plenitud nefelibata la que a los diablos disipa con su sonrisa de bruma y escarpia, quien besa las motas de polvo y ceniza de Orión y hace tornar esmeraldas sus riñones... Es en mi herbazal vivo en Deméteres, donde siglos atrás permaneció el beocio Set y hoy tú siembras dicha con tu baile y manos hábiles autóctonas, conocidas de todo tu torso despojado de prendas...

Gea de sangre vestida de coloradas lencerías de piel, otorga a tu Atlas de anchas espaldas que lance al vacío su castigo para poder mirarte eternamente, ya que qué ha de ansiar un gigante poseedor del Todo si no de observar tu relieve bendito pletóricamente henchido de nácar ocre, que a mi ansia despierta y tú deseas.

Te veo arder...
¿Eres fuego o es que tan sólo sumergida en una copa de vino tinto permaneces? Tenlo hasta el Fin que es tu seno purpúreo quien aviva mi boca de algodón florido y en rosaledas líquidas convierte al hallarse sajado mi labio  -por mis dientes de plata- admirando tu viva escultura...
Antes ahogado que apartar mis ojos: quiero no dejar de mirarte nunca, porque nunca dejaré de mirarte.
Te miro,
te miro,
te miro...

No hay comentarios:

Publicar un comentario